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Respeto sin necesidad de decreto

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Hoy se realizó en buena parte del mundo marchas celebrando el orgullo LGBTI. En Santiago de Chile se suponía que tambien, pero se suspendió porque justo coincidió con un partido de la Copa Mundial de la FIFA™. Nos dejaron con las ganas de marchar y al Movilhache más indignado en uno de los peores años que recuerden, aunque ellos se lo buscaron. Pero las de celebrar siguen ahí (pese al resultado deportivo). Falta mucho por conseguir, pero motivos para celebrar tengo. En algunas partes de este país las hay. En el resto, no tanto.

Y no me refiero al avance y la posible aprobación de determinadas leyes como el todavía llamado Acuerdo de Vida en Pareja o la Ley de Identidad de Género. Mientras tenemos autoridades y políticos que creen que con leyes se solucionarán todos los problemas del país, la misma sociedad está aceptando y normalizando lo que antes era mirado por esa misma gente como anormal. En lo cotidiano, en el día a día, sin que sea impuesto por decreto y pese a las voces conservadoras que cacarean con lo contrario:

Como esos políticos de ultra derecha que se están quedando solos mientras la derecha más liberal en lo valórico por fin está haciéndose notar, saliendo de la hegemonía de su particular dúopolio donde ya no se podía hacer mucho más. (un saludo a Amplitud).

Vamos, que la Iglesia Católica –papa Francisco incluído, que ya se está perfilando como el mejor Pontífice que recuerdo desde Juan XXIII- se muestra más respetuosa con nuestra realidad que los señores evangélicos, que sólo se acuerdan de las partes del Antiguo Testamento donde se habla mal de los gays y no del resto.

El día en que fui a vivir con Juan Esteban, mi pareja, a un departamento en Santiago centro, el mayordomo nos felicitó por instalarnos con una frase que difícilmente se nos va a olvidar: “Lo mejor de estar aquí, es que van a estar tranquilos, nadie los va a huevear” o sea, fastidiar por vivir y hacer las mismas cosas que en público puede hacer una pareja heterosexual cualquiera.

Y vaya razón tenía. En todos los ambientes compartidos del edificio, mi novio y yo podemos hacer una vida normal de pareja, hasta andar de la mano, y nadie nos mira raro ni con repulsión, sino con la naturalidad de ser simplemente una pareja más.

Y en las calles de los Santiagos, lo mismo. No puedo asegurar que en toda el área metropolitana, pero si que en las comunas donde más nos hemos desplazado: Santiago centro, Providencia, Las Condes, Ñuñoa, La Reina, Recoleta, Quinta Normal, Estación Central. Se puede caminar y pasear de la mano con mi novio y la gente que mira extraño brilla por su ausencia o estamos tan entusiasmados hablando de nuestras cosas que a esos no los tomamos en cuenta. En calles, estaciones de metro y espacios públicos como malls (incluso Apumanque y Parque Arauco) y galerías comerciales.

Incluso, la gente que se atreve a trolearnos, o insultarnos, raramente lo hace cuando están solos, sino en grupo, junto con sus amigotes. Debe ser la forma de ser de algunos chilenos, que algunas cosas ni de coña se les ocurriría intentarlo solos, pero en grupo se les genera toda la “valentía” para hacerlo (sino pregunten a los 85 que intentaron ingresar sin entradas al Maracaná en Río de Janeiro por los accesos de prensa).

En restaurantes, cuando vas en pareja saben a lo que vienes y de inmediato te ofrecen una mesa para dos. Por supuesto, hay que saber buscar uno gay friendly, pero no necesitas lupa para conseguirlo. En mi actual trabajo, que seas gay es un detalle. Incluso compañeros más mayores y experimentados, les cuentas que vives con un hombre y se lo toman con tal naturalidad.

Podría seguir mencionando ejemplos, pero resumir con que en la capital de Chile, sin imponerse por decreto, ser gay pasó a ser sólo un detalle y cada vez menos gente se incomoda con nosotros teniendo simplemente una vida pública en pareja similar a la de cualquier pareja hetero. En cada vez más lugares y circunstancias. Sí, hemos topado con gente que nos tiro insultos chungos (como un hincha de un club deportivo que nos dijo de todo y que teníamos que ir a una plaza a hacer nuestras cosas y no en un vagón de metro, donde solo estábamos tomados de la mano y en un momento nos dimos un “piquito” que lo hizo estallar). Pero de verdad, han sido el mínimo de gente. Todavía no se puede andar de la mano por sectores realmente complejos como la calle San Diego de noche o el Persa Bío-Bío, pero dudo que sea asi por mucho tiempo más.

Sin imponerse por decreto y sin la ayuda de un “lobby gay” que tanto denuncian los ultraconservadores de siempre. Que en Chile estamos lejos de tener un lobby gay. Hasta hace no mucho, teníamos varias organizaciones LGBT peleadas entre ellas buscando cual de ellas tenia mayor protagonismo. Ahora tenemos un Movilhache que sólo mete bulla y que los medios tradicionales creen que es la única organización gae del país (que El Mercurio dijo que ellos organizaron la marcha de mayo pasado cuando fueron sus principales rivales) mientras las demás organizaciones, incluso las más recientemente formadas, esas están haciendo el trabajo duro. Difícil que tengamos una gran organización LGBT nacional, pero al menos en la casa dividida actual, se esta trabajando para mejorar las cosas.

Y menos por que hayan surgido grandes líderes de opinión homosexuales en los medios masivos. De hecho, esos personajes que se pueden llamar líderes de opinión, más destacan por involucrarse en la mierda de la farándula, dejándonos a todos como cotillas, hedonistas y buscadores de la fama instantánea y fútil.

Se está avanzando, pero que no quede esto como un escrito conformista, porque queda bastante que hacer. Se está avanzando sin imponerse por ley, pero para mejorar nuestras expectativas y derechos, ahí si que necesitamos a la ley.

Pero antes, que todo lo que estoy contando se expanda al resto del país, que no sea otro privilegio de los habitantes de Santiago. Al menos he podido comprobar que en Iquique, La Serena y en Viña del Mar (Valparaíso no tanto) también se puede en los sectores más importantes. En Antofagasta y Calama, olvídense. Les cuesta todavía integrar a los inmigrantes desde Colombia y más les va a costar no sorprenderse con dos hombres de la mano.

En lo legal, primero el AVP. al principio estaba muy que en contra de la ley esta, que la encontraba una especie de matrimonio barato, pero documentandome más y gracias a charla realizada por los buenos de la Fundación Iguales, puedo rectificar afirmando que es necesaria, pero perfectible. No es un matrimonio marca Lidl, es marca Hacendado. No es marca ACuenta o Merkat, es marca Great Value. Va a normalizar relaciones y convivencias de años, incluso más entre heterosexuales de lo que a simple vista parece. Eso sí, cambien el nombre que tendrá el estado civil entre quienes contraigan este Acuerdo de Vida en Pareja.

Aun así, los derechos que tendremos con el AVP no serán suficientes, por lo que ojalá se cumpla la promesa de campaña de la Presidenta Bachelet de un matrimonio igualitario de verdad. Ella conoció la experiencia en países que sí lo adoptaron.

Luego una ley antidiscriminacion de verdad, que me permita denunciar a una empresa que no me deje trabajar por ser LGBTI o servicio que me perjudique por lo mismo (especialmente clínicas, colegios, aseguradoras, bancos, isapres…). Que con las difamaciones se puede vivir, cada vez serán menos.

También que el respeto a la diversidad LGBTI (no he usado el término “tolerancia” aposta, tolerancia es indiferencia, respetar es mejor que tolerar) se refleje en escuelas y colegios. Y que se aplique para todo, aunque eso se ve tan complicado, que se necesita mucho más que la reforma que esta preparando el gobierno actual.

Y por último, una ley de la que no se habla mucho pero sobre la que todos los LGBTI deberíamos luchar por igual, aunque a los LGB de la sigla no nos toque en la mayoría de los casos: la Ley de Identidad de Género.

Apenas llegué a Santiago, me hice voluntario de la Fundación Iguales. No de cualquier comisión, sino de una que estaba recién rearmándose: la Comisión Trans. Nos integramos con mi novio a apoyar una realidad de la apenas conocía su real dimensión. Queríamos aprender y conocerlos para colaborar en que consigan el respeto que se merecen más que el resto de nosotros. Hemos aprendido bastante y todavía nos queda camino por recorrer.

Si, da tema para un articulo más largo aquí mismo. Pero decir en breve que, si creen que los gays chilenos la hemos pasado mal, no tienen idea de lo que han llegado a pasar los transgénero. Y ellos están buscando su propia ley, una ley que les facilite, entre muchas otras cosas, los tramites para cambiar su género legal en el registro civil, para todo lo que esto involucra en aspectos tan vitales como buscar trabajo o tener cobertura adecuada en salud.

Como se ve, hay bastante camino legal por avanzar, sigue siendo necesario, pero no se necesitó regular por ley para que gays y lesbianas sean tratados con más respeto que hace no más de una década.

Aún así, se necesita que entre nosotros mismos también nos respetemos un poco más. La comunidad gay es un mito. De existir, entre nosotros seria más fácil encontrar trabajo o ayudarnos en todo. Pero no, está la hiperdivisión entre organizaciones, está el que nos insultemos y tratemos de locas, primas y demás, el que los principales “líderes de opinión” gay estén involucrados en la lacra de la farándula, son tantas cosas.

Aún así, pese a todo lo anterior, la sociedad sigue progresando, y vaya a qué nivel. Hace no mucho, descartaba tener hijos pensando en lo mal que la va a pasar solo por tener dos padres. Como va avanzando la sociedad, pasé del descarte total a considerarlo una posibilidad no para un futuro inmediato, pero si que para el futuro.